El mito de la fecundación revisado

Durante décadas nos contaron una historia sobre la fecundación. Una historia de competencia, de carrera, de guerra. Millones de espermatozoides salían disparados en una lucha feroz donde solo el más fuerte, el más rápido, el más agresivo, lograba llegar al óvulo y penetrarlo.

El óvulo, mientras tanto, esperaba pasivo. Inmóvil. A merced del vencedor.

Esta narrativa no era solo biología. Era ideología. Era el patriarcado contándose a sí mismo en el lenguaje de la ciencia. Era la competencia, la dominación y la conquista presentadas como leyes naturales, como verdades incuestionables inscritas en el origen mismo de la vida.

Pero la ciencia avanzó. Y lo que descubrió fue otra cosa.

Hoy sabemos que los espermatozoides no compiten entre sí. Cooperan. Se ayudan mutuamente a avanzar por el tracto reproductivo. Algunos incluso «sacrifican» su capacidad de fecundar para facilitar el camino a otros. No hay guerra. Hay comunidad.

Y el óvulo no es pasivo. El óvulo elige. Tiene mecanismos activos para seleccionar qué espermatozoide dejará entrar. No es penetrado: se abre. No es conquistado: acoge.

¿Te das cuenta de lo que significa esto?

Significa que en el origen mismo de nuestra existencia no hay competencia sino colaboración. No hay dominación sino encuentro. No hay un vencedor y un vencido sino dos que se eligen mutuamente para crear algo nuevo.

Significa que el patriarcado nos mintió. Que proyectó sus valores sobre la biología para hacernos creer que así era la naturaleza. Que así éramos nosotros. Que la violencia y la competencia estaban inscritas en nuestras células desde el primer momento.

No es verdad.

La vida no comienza con una guerra. Comienza con un acto de cooperación y elección mutua. Eso está en nuestro origen. Eso está en nuestras células. Eso somos.

Y si eso es lo que somos desde el principio, ¿qué otras formas de estar en el mundo son posibles?


Alejandra Montes Serna