Antes de respirar aire, respiraste agua.
No es una metáfora. Es biología. Durante nueve meses, tus pulmones estuvieron llenos de líquido amniótico. No vacíos esperando el aire, sino llenos, activos, practicando. Porque sí: los bebés «respiran» dentro del útero. Inhalan y exhalan líquido amniótico. Es así como los pulmones se desarrollan, se fortalecen, se preparan para el momento del nacimiento.
El líquido amniótico es el primer mar. El mar personal, íntimo, que cada uno de nosotros habitó. Un mar tibio, salado, vivo. Un mar que no solo nos rodeaba sino que entraba en nosotros, que tragábamos, que respirábamos, que era parte de nuestro cuerpo tanto como nuestro cuerpo era parte de él.
¿De qué está hecho ese mar?
Al principio, principalmente de agua que pasa de la sangre de la madre a través de la placenta. Pero a medida que el embarazo avanza, el bebé comienza a contribuir. Orina en el líquido amniótico. Lo traga. Lo procesa. Lo devuelve. Es un ciclo constante, un intercambio permanente entre el bebé y su mar.
Hay algo profundamente humilde en esto. Antes de nacer, ya estábamos reciclando. Ya estábamos en ciclo con nuestro ambiente. Ya éramos parte de un sistema donde nada se desperdicia, donde todo circula, donde el adentro y el afuera no están tan separados como creemos.
El líquido amniótico también protege. Amortigua los golpes. Mantiene la temperatura estable. Permite el movimiento libre. Es cojín, es abrigo, es espacio de juego. Los bebés flotan en él, se mueven, dan vueltas, se estiran. Aprenden a habitar un cuerpo en un medio que los sostiene sin restricciones.
Y luego nacemos. Y el mar se va. Y comenzamos a respirar aire, a vivir en la sequedad, a movernos contra la gravedad. Es un cambio brutal. Un cambio que no recordamos conscientemente pero que nuestro cuerpo guarda.
Por eso el agua nos atrae. Por eso el mar nos calma. Por eso flotar se siente como volver a casa.
Porque ya estuvimos ahí. Porque ya fuimos peces. Porque antes de ser terrestres, fuimos acuáticos. Y esa memoria, aunque olvidada, sigue viva en cada célula de nuestro cuerpo.
Alejandra Montes Serna